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El Padre Misericordioso - Cuarto Domingo de Cuaresma

Una de las escenas más conmovedoras del los Evangelios aparece en las lecturas de este domingo. En la historia del Padre Misericordioso, Lucas nos dice que el Padre, cuando “estaba todavía lejos” vio a su hijo y “se enterneció profundamente”. Luego, continúa la historia, el padre “corrió hacia él, y echándole los brazos al cuello, lo cubrió de besos.” Su amor sobrepasa su rabia y decepción, y precede el arrepintiendo de su hijo.

Este amor transforma al hijo porque transforma el corazón. La parábola culmina con la conversación entre el padre y el hijo mayor, pero sin duda uno puede imaginarse qué le pasó a su hijo menor. Sin duda comenzó a ser más generoso, más compasivo, más atento a las necesidades y preocupaciones de los demás. Quizás al final de la fiesta fue a darle la mano a su hermano, para así reconciliarse también con él

El Papa Francisco, en su Mensaje para la Cuaresma de este año, expresa esta experiencia de transformación de la siguiente manera: “La misericordia de Dios transforma el corazón del hombre haciéndole experimentar un amor fiel, y lo hace a su vez capaz de misericordia. Es siempre un milagro el que la misericordia divina se irradie en la vida de cada uno de nosotros, impulsándonos a amar al prójimo y animándonos a vivir lo que la tradición de la Iglesia llama las obras de misericordia corporales y espirituales. Ellas nos recuerdan que nuestra fe se traduce en gestos concretos y cotidianos, destinados a ayudar a nuestro prójimo en el cuerpo y en el espíritu.

El amor nos transforma. La misericordia nos transforma. La Cuaresma es un tiempo que nos ayuda a convertirnos en hermanos y hermanas, e hijos e hijas de un mismo Padre. ¿Estamos dejando que la misericordia y el amor de Dios nos transformen?

(Carlos Aedo, Director del Ministerio Hispano de la Colaborativa Jesuita)
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